Hay sitios que visitas y entiendes rápido. El Tíbet no es así. Al principio todo puede parecer distante: la altura, el paisaje, incluso el silencio. Pero a medida que pasan los días, algo cambia. Empiezas a notar detalles que antes se te escapaban.
No es un destino de “ver y seguir”. Es más bien de observar, parar… y dejar que las cosas pasen.